En la vida del sacerdote Ronald Murillo Mora hay un compañero que no necesita sotana, no predica sermones y tampoco celebra misa, pero que se ha ganado un lugar muy especial en su corazón: Iocus, un pequeño peludito que lleva casi diez años siendo parte de su familia.
Este chihuahua, que tiene también un poquito de otra raza, llegó inesperadamente a la vida del sacerdote gracias a una señora de la comunidad parroquial de Río Segundo de Alajuela, donde él estuvo anteriormente.
Se llamaba doña Gladys, en paz descanse, y fue quien le regaló al pequeño cuando todavía era un cachorro.
“Yo siempre he sido de mascotas. En ese momento ya no tenía animales y pensaba que podía tener uno grande, porque había tenido un rottweiler, o uno pequeño. Y llegó justamente a principios de ese año, cuando incluso me había fracturado la mano y me habían tenido que operar”, recordó el sacerdote.
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Desde entonces, Iocus no se ha separado de él.
La conexión fue prácticamente inmediata. Según el padre Ronald, hicieron química muy rápido porque el pequeño tiene una personalidad especial.
Muy diferente
Quienes conocen a los chihuahuas saben que algunos pueden ser bastante territoriales, desconfiados y hasta celosos con sus dueños. Sin embargo, Iocus tiene una particularidad: es muy tranquilo y sociable.
“Es distinto a otros chihuahuas. Sí es cuidador y territorial, pero es un perro muy tranquilo porque está socializado desde pequeño. Ha tenido contacto con la gente de las comunidades y con mi familia, entonces está acostumbrado a las personas”, explicó el papá humano.
Esa buena convivencia también se nota cuando el sacerdote está en sus actividades religiosas.
Iocus ha llegado incluso a algunas celebraciones eucarísticas. No es que se siente a escuchar todo el sermón o que tenga un lugar reservado en el templo, pero le gusta estar cerca de su humano.
“Si yo lo dejara, estaría ahí, porque le gusta estar cerca de donde yo estoy. Cuando estoy en una celebración, él ha llegado, se queda por ahí y después sigue haciendo lo suyo”, contó entre risas.
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¡Así que en la parroquia San Isidro Labrador de San Isidro de Alajuela también hay un asistente de cuatro patas!
Bosques y los juguetes
Aunque disfruta acompañar al sacerdote, Iocus también tiene sus propios gustos.
Le encantan el bosque y los campamentos. Cuando visita a la familia del padre Ronald, en Tambor de Alajuela, aprovecha para disfrutar de los espacios abiertos.
En casa también tiene sus entretenimientos favoritos: los juguetes que hacen ruido.
“Le gustan mucho los juguetes que suenan. Ahorita tiene una estrellita que le gusta hacer sonar. Uno se la tira y disfruta mucho. A veces ha tenido hasta cuatro o cinco juguetes”, reconoce el padrecito.
Y como buen consentido, tampoco es complicado para comer. Tiene su alimento especial, pero también disfruta probar otras cosas.
Eso sí, el padre Ronald procura estar pendiente de su salud. Aunque Iocus ya ronda los diez años, se mantiene bastante saludable y recibe controles veterinarios.
Superó sustos
No todo ha sido juego y tranquilidad. Hace aproximadamente cinco años, el peludito vivió un episodio bastante difícil cuando fue atacado por una pastora alemana.
El pequeño resultó seriamente herido y necesitó atención veterinaria, pero logró recuperarse.
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Hoy continúa disfrutando de su vida, incluso compartiendo con un perrito más joven, con el que convive en casa.
También es un buen guardián. Está atento a los sonidos y avisa cuando algo llama su atención. No le molesta el ruido de nada. Incluso durante las fiestas patronales, con la música y la bulla de las celebraciones, logra mantenerse tranquilo.
Casi diez años después de aquel regalo inesperado de doña Gladys, Iocus sigue acompañando al sacerdote en sus días.
Su nombre viene del latín iocus, palabra relacionada con el juego, la diversión y lo lúdico, una definición que le queda muy bien a este pequeño compañero.
Y aunque no entiende de homilías ni de responsabilidades parroquiales, parece tener muy clara su misión: estar cerca de quien le abrió las puertas de su hogar y su corazón.
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Porque algunas compañías llegan sin avisar, pero terminan convirtiéndose en una de las bendiciones más bonitas de la vida.
