Gipzy Díaz Saravia tiene 24 años y cuando se pone los guantes de boxeo no solo representa a Costa Rica, sino también a Nicaragua.
En cada entrenamiento, en cada pelea y hasta en las camisas con las que se presenta, lleva también el orgullo de ser nicaragüense, la tierra de sus padres. Su corazón tiene espacio para las dos patrias y a ambas las ama por igual.
Ella nació en Liberia, creció entre las costumbres de dos países y aprendió desde pequeña a entender las dos raíces de su ADN: las nicaragüenses y las ticas.
Su mamá, Dina Saravia López, es de Tipitapa, Managua, y su papá, Enrique Díaz Brizuela, de Teustepe, en Boaco. Los dos llegaron jóvenes a Costa Rica y aquí formaron su familia.
“Yo me siento muy orgullosa de mis dos banderas, de mi nacionalidad y de mis raíces”, cuenta Gipzy, quien disfruta tanto un buen tamal tico como un nacatamal nicaragüense y viaja a Nicaragua después de sus campamentos y peleas para visitar a sus hermanos.
“Desde muy pequeñita mis papás me llevan a Nicaragua todos los años. Me encanta la comida nicaragüense: la carne asada, el gallo pinto. Me encanta mucho el quesillo; de hecho, creo que ese es mi plato favorito cuando estoy allá”, acepta con orgullo nicaragüense.
Una niña encontró su camino
La historia de Gipzy con el boxeo comenzó a los 13 años, cuando su papá, quien también fue boxeador profesional, la llevaba a sus entrenamientos y combates. Él fue quien le enseñó los primeros golpes y después de llegar del trabajo sacaba tiempo para entrenarla.
“Cuando cumplí los 13 años hablé con mi papá y le dije que a partir de ese momento quería que me entrenara de verdad, que ya no más como pasatiempo o por vacilón. Sentí que debía iniciar el camino del boxeo de la forma más seria posible”, reconoció.
Pero hubo otra razón que terminó empujándola hacia el ring. Durante su etapa escolar sufrió bullying relacionado con sus raíces nicaragüenses, su acento y su apariencia. Aquellos momentos difíciles terminaron convirtiéndose en una fuerza para encontrar su propio camino.
A los 14 años tuvo su primera pelea. Perdió, pero aquella derrota terminó siendo una de las mejores lecciones de su vida.
“Aprendí a levantarme después de una pérdida, que no todo siempre va a salir como uno quiere, pero uno tiene que saber levantarse de las derrotas”, recuerda.
Después buscó una preparación más fuerte y se integró al equipo de San José. En los Juegos Nacionales ganó bronce en su segundo año y oro en 2018 en los 48 kilos.
“El Ángel” quiere tocar el cielo
Una lesión en el hombro izquierdo la mantuvo dos años alejada. A los 22, decidió volver, esta vez para dar el salto al profesionalismo. Debutó ganando y desde entonces no ha conocido la derrota.
Su récord profesional es de 13 victorias, seis por nocaut. Es campeona latina del Consejo Mundial de Boxeo (WBC), compite en las 102 libras, categoría peso átomo, y ocupa la quinta posición en la Federación Internacional de Boxeo (IBF), la octava en la Organización Mundial de Boxeo (WBO) y la undécima en la WBC.
“Actualmente, tengo un gran sueño y es el de llegar a ser campeona mundial en tres divisiones. Para lograr ese sueño, si Dios lo permite, el próximo diciembre espero pelear ya por uno de esos títulos. Lo voy a dar todo y para eso me entrego muy fuerte”, asegura la boxeadora, que desea cerrar el 2026 con un fajón mundial en la cintura.
El pasado 14 de agosto, derrotó por decisión a la mexicana Guadalupe Martínez y continúa su camino hacia el gran sueño: disputar un título mundial.
Gipzy es conocida como “El Ángel”, un apodo que para ella tiene un significado especial. Más que un nombre de ring, lo entiende como un mensaje para otras niñas: disciplina, enfoque y esfuerzo para luchar por aquello que desean.
Ahora vive dedicada al 100% al boxeo. Tiene dos patrocinios oficiales, cuenta con su papá como mánager y quiere seguir haciendo historia. Su hermana Angie, de 22 años, también fue boxeadora profesional.
Cuando no está entrenando, Gipzy busca el mar, lee, escucha música cristiana y disfruta de estar con su familia. También piensa retomar los estudios algún día.
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Y mientras llega esa oportunidad mundialista, sigue caminando con sus dos raíces bien puestas.
“Ese es el objetivo”, dice cuando le preguntan por ser campeona mundial. Y en ese sueño caben dos banderas: la de Costa Rica, donde nació y creció, y la de Nicaragua, que heredó de sus padres y lleva orgullosamente en el corazón.





