A Concepción Marín León no le gustaba que le dijeran abuelita. Para sus nietos era simplemente la Mamita.
Amaba las plantas, los animales y las flores. Tanto que uno de esos recuerdos que todavía siguen vivos tiene olor a rosas.
Su nieta, Ericka Mora, es florista y cuando llegaba el Día de la Madre, aparecía en la casa cargando enormes ramos para preparar sus arreglos.
“Yo me venía con el ramo gigante de rosas y de flores que olía riquísimo y le decía: ‘Mamita, vea lo que traje’. Se lo ponía en los brazos y se le veían los ojitos más lindos”.
Pero Mamita no era la única que esperaba aquellas flores. Por ahí aparecía Masha. La gata se metía entre las piernas, olía las rosas y buscaba hacerse un campito entre aquel montón de colores.
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“Ay, Masha, ¿a usted también le gustan las flores?” le decía Mamita.
Nadie podía imaginar entonces que, muchos años después, aquella gata terminaría guardando algo mucho más grande que el recuerdo de esos días.
Una gata que se quedó
Masha llegó a la familia hace más de dos décadas. Se la regalaron a Mamita con una misión que hoy puede sonar poco romántica: cazar ratones.
Tuvo gatitos y varios fueron entregados a otras familias. Una de sus hijas, Kuni Kuni, se quedó en la casa, pero murió tiempo después.
Masha permaneció ahí.
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Y también permaneció cuando Mamita falleció hace 12 años.
Hoy, con unos 22 años, camina más despacio, casi no maúlla y ya es toda una gata abuelita. Sin embargo, hay cosas que parecen no haber cambiado.
“Ella tiene una mirada muy parecida a Mamita”, cuenta su nieta. Y no es solo la mirada. Cuando estaba triste y lloraba, Mamita se acercaba, le tocaba la cara y le limpiaba las lágrimas.
“Me decía: ‘Ya no llore, mi amor, aquí estoy yo’. Esa caricia es de esas que le abrazan a uno el alma”.
Mamita ya no puede hacerlo. Macha sí.
Cuando la tristeza aparece, la viejita peluda se acerca. Y cuando hay flores sobre la mesa, vuelve a olerlas, como hacía cuando Mamita estaba ahí.
Después de tantos años, su nieta regresó a vivir a aquella casa familiar y sí, Masha sigue ahí.
Tal vez ella no sepa de ausencias, aniversarios ni recuerdos. Tal vez simplemente busca unas caricias y el olor de las flores.
Pero algunas veces basta verla a los ojos para sentir que en aquella casa, Mamita nunca terminó de irse del todo.



