Ha pasado más de un año desde aquella tarde en que alguien la dejó entrar al edificio y ella terminó escondida en el primer nivel, debajo de las gradas.
Lloraba, maullaba sin parar. Tenía una herida abierta en la pata derecha y la pancita hinchada, aunque nadie sabía todavía si era de embarazo o de lombrices.
Gabriela Zelada, bajó a verla. Fue ella quien la llevó a la veterinaria y quien, sin planearlo, terminó quedándose con la gata para siempre. Hoy la conocen como Lissy.
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En 2025, llegó Lissy, herida y con la pancita hinchada. En la veterinaria, la doctora fue clara: “En 7 días exactos van a nacer los gatitos, ella ya está lista”. Y así fue. Gaby pensaba ayudarla a parir, hasta buscó videos para saber cómo hacerlo, pero ella hizo todo sola.
El sábado siguiente, cuando Gabriela fue a revisarla, Lissy ya tenía cuatro cachorros: Limón, Suko, Cookie y Baby. Suko debe su nombre a la serie animada Avatar, por una mancha en la cara que recuerda la cicatriz de ese personaje. Cookie era de tantos colores que parecía una galletita. Limón recibió su nombre simplemente porque se le ocurrió a esta mamá adoptiva.
Y Baby: “Era un gato muy, muy grande. Cuando nació era el gatito más grande, entonces era gracioso ponerle Baby”.
Con el tiempo, Limón y Baby fueron adoptados por otras familias que todavía le mandan fotos. Cookie se fue con una amistad. Suko fue el único que se quedó en casa, junto a su mamá y a Grissy.
Hoy los tres —Lissy, Grissy y Suko— son la familia que Gabriela construyó en un país que no es el suyo. “En esos días que uno está muy cansado o estoy triste... los gatos son muy perceptivos... ellos literalmente se acercan y es como que me tratasen de dar un pequeño apapacho”, cuenta.
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Porque aquel día ella bajó las gradas pensando que iba a ayudar a una gata. Lo que no sabía era que Lissy también había llegado para hacerle un hogar.
“Mis gatos hacen que mi casa se sienta como un hogar y que vivir sola no se sienta como estar sola”, finalizó.







