Los migrantes detenidos por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) viven en una precaria situación en los centros de detención.
Freddy Varela, conocido como Freddy Chispudo, narró la pesadilla que vivió en no solo uno, sino en tres centros de detención en territorio gringo, durante 15 días.
“Vi muchas cosas ahí adentro y es horrible. Quizás es el peor momento que he tenido que atravesar en mi vida”, expresó.
Freddy, una persona muy querida en la comunidad costarricense en Estados Unidos, pues realizaba el Festival Costarricense en Nueva Jersey, fue puesto en módulos donde solo había hombres. En otros lugares, dentro de los centros de detención, se encontraban las mujeres. En ningún momento vio niños.
“Nadie le quiere dar a usted explicaciones ni lo quieren ayudar. Los agentes de migración solo quieren ponerte en un centro de detención y deportarte. No hay forma de pelear el caso. Hay gente con residencia, con hijos nacidos en Estados Unidos o tienen años de estar en Estados Unidos y no hay forma”, comentó el costarricense.
Cuando él llegó al centro de detención en Nueva Jersey, ciudad donde vivía, le dieron cuatro objetos: un cepillo de dientes, un jabón, un desodorante pequeño y una toalla pequeña. Además, se tuvo que cambiar la ropa, como la camisa que le regaló su papá cuando fue a Estados Unidos, y guardarla en un saco que le entregaron.
En los centros de detención no solo vio a latinoamericanos, sino también a rusos, polacos, árabes, chinos y más nacionalidades.
“La comida es horrible. Una bandeja plástica donde usted come, la pasan por el lavaplatos y sale toda sucia, con residuos de comida de la otra persona que comió. Las lavan mal y usted no tiene opción, tiene que comer esa comida porque sino se muere de hambre. Es una ración de comida pequeñita, pero tiene que aprovechar cada grano de arroz que hay en esa bandeja”, comentó.
“El ambiente es muy pesado y cuesta dormir. Si usted ocupa bañarse o ir al baño, en esos módulos hay dos o tres baños en una esquina, al aire libre. Todos lo ven a usted porque no tiene dónde esconderse. Es muy denigrante y humillante. Es una experiencia terrible”, añadió.
Él contrató a una abogada para que le ayudara con el proceso, pero no tuvieron contacto.
“Pagué como $4000 y no pude hablar con ella ni una sola vez. No tuvimos acceso y todo pasó tan rápido. Me pasaban de un centro a otro y ella me perdió el rastro y yo el de ella. No pudo hacer nada por mí”, dijo.
El día que todo cambió
Un día, la pesadilla con la que vivía cada día se hizo realidad. Él estaba conduciendo y un oficial lo detuvo porque, supuestamente, estaba manejando sobre el límite de la velocidad.
Cuando él le dio su licencia, el oficial revisó en la base de datos de migración y apareció que tenía una orden de deportación pendiente. Según Freddy, en ese momento, el policía llamó a migración y dio el aviso.
“Duró como 10 minutos en el carro y cuando yo lo vi hablando por teléfono, sabía que estaba llamando a migración. Él vino y me dijo que no tenía problema con él y no me iba a dar tickets de nada, pero que llamó a otra agencia de los Estados Unidos que sí quería hablar conmigo”, contó.
Él tuvo que salir del carro y sentarse en una acera mientras esperaban que los oficiales de migración llegaran.
Cuando llegaron, lo esposaron y lo llevaron a un centro de detención en Nueva Jersey. Luego lo pasaron a Pensilvania y, finalmente, a Illinois.
“Después de ahí comienza la pesadilla más grande de mi vida. Perdí trabajos, carros, motos y casa”, dijo.
Llegó a Estados Unidos a los 19 años
Tras graduarse del colegio, Freddy tomó una de las decisiones más difíciles de su vida: Irse para Estados Unidos en busca de mejores oportunidades laborales.
“Duré 21 días para llegar a Estados Unidos. Fue una travesía larga, triste y muy difícil. Fue algo terrible. Llegué con la ilusión de trabajar y hacer un mejor futuro”, contó.
Cuando ya tenía cinco años de vivir en Estados Unidos, las autoridades de migración lo detuvieron.
“Pagué $10.000 para salir de custodia de migración bajo fianza y me dieron cortes para que fuera. No tenía hijos ni estaba casado, no tenía nada, entonces no calificaba para una persona que se podía quedar, entonces me dieron orden de deportación”, dijo.
Se quedó en esas tierras y siguió pulseándola, siempre con el miedo de que algún día las autoridades lo deportaran.
Él trabajó como mesero, barman y otros cargos. Antes de ser deportado, rentaba una casa y tenía carros. Actualmente laboraba como promotor de clubes nocturnos y chofer.
“Siempre la pulseé y quise trabajar, prosperar, pero el problema es que llega un punto donde no se puede prosperar más. Uno sin papeles en los Estados Unidos no puede comprar casa ni hacer muchas cosas. Cuesta crear crédito sin papeles, sin un número de seguro social”, señaló.
Durante los 23 años que estuvo en Estados Unidos, la vida no fue fácil, pues sufrió de discriminación.
“Ayudé a mucha gente, especialmente a los pobres, pero en ese proceso de que a usted lo conozcan y vean que es una persona de bien, lo juzgan solamente por ser inmigrante, el color de la piel, el acento. Hay mucha gente que lo ve feo a uno”, dijo.
Incluso, entre los migrantes, por ejemplo, entre colombianos, mexicanos, venezolanos, hay mucha competencia, pues todos quieren conseguir empleo.
Fue deportado hace 6 meses
Una noche, hace seis meses, alrededor de las 10:00 p.m., le dijeron a Freddy que se iba a ir del centro de detención a la medianoche. No le dijeron a dónde iba, si a otro lugar o lo iban a deportar.
Él llamó a su novia para avisarle y a la medianoche fue llevado al aeropuerto junto con otros migrantes que venían de otras ciudades de Estados Unidos. Además de él, otros ocho costarricenses también iban a ser regresados a nuestro país.
“Éramos ocho hombres y una mujer que veníamos para Costa Rica. Nos trajeron en un vuelo que iba para San Pedro Sula en Honduras con 89 hondureños. Después de ahí, vinimos al país”, dijo.
Llegó a Costa Rica el 29 de setiembre en la tarde y fue recibido por su familia que recibió el aviso por parte de su novia. Cuando pisó tierra costarricense, se dio cuenta que todo era diferente, era un país más moderno.
Desde entonces, él se siente libre, ya no vive con miedo. Sin embargo, en los primeros días en el país estaba en shock por la situación que vivió en Estados Unidos. Actualmente, trabaja como chofer.
“Una vez que puse el primer pie en Costa Rica, sentí libertad. Es el sentimiento más abrumador que hay, esa libertad de que puedo gritar, correr, manejar y hacer cosas. Costa Rica no se parece en nada a hace 23 años, todo es más moderno, hay más oportunidades de trabajo. Es un país maravilloso, todo es lindo, los ríos, las playas, la gente, pero cuesta más ganarse el dinero”, comentó.
Según datos de la Dirección General de Migración y Extranjería, 164 costarricenses han sido deportados de Estados Unidos entre 2025 y en lo que va este año.
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