El cantón de Alajuelita, en San José, se convirtió en el escenario de uno de los casos más insólitos que tuvo que resolver el Organismo de Investigación Judicial (OIJ), pues en ese lugar ocurrió la desaparición del cuerpo de un cura italiano que terminó siendo sepultado dos veces.
En un inicio, los investigadores a cargo del caso pensaron que se encontraban ante un macabro crimen; sin embargo, conforme armaron el rompecabezas, descubrieron que la situación no era como creían. Más bien, tuvo un desenlace muy peculiar, que aún es recordado.
Fernando Mora Cascante, exagente del OIJ, con aproximadamente 30 años de servicio, fue uno de los investigadores que asumió este insólito expediente, el cual todavía tiene presente por la forma en la que se dieron los hechos.
“Ese caso fue muy particular, algo fuera de serie, como dice uno”, agregó el exagente.
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Cuerpo desapareció de cementerio
Ese caso ocurrió hace 42 años, específicamente en abril de 1984. Para ese momento, Fernando Mora era investigador en la Sección de Delitos Varios del OIJ y trabajaba en pareja con Francisco Segura, quien tiempo después se convertiría en director de la Policía Judicial.
Aunque no recuerda la fecha exacta, Mora tiene muy claro que todo se inició cuando recibieron una denuncia sobre la profanación de una tumba en el cementerio de Alajuelita, caso que de inmediato le fue asignado junto con Segura.
Ambos investigadores se trasladaron al camposanto con la idea de que enfrentaban una situación grave; sin embargo, la tensión aumentó al descubrir que el sepulcro profanado no era el de un ciudadano cualquiera.
Se trataba del lugar donde había sido enterrado monseñor Sante Portalupi, un nuncio apostólico italiano cuyo cuerpo había llegado pocos días antes al país tras fallecer a los 74 años en Portugal. El religioso había servido como embajador del Vaticano en varios países de Europa y América.
“Nuestro asombro fue enorme cuando nos hicimos presentes en el cementerio y no estaba el cuerpo. Eso nos causó demasiada impresión, porque no es algo usual, y menos tratándose de una figura como un obispo”, recordó el exagente.
¿Joyas eran el objetivo?
El siguiente paso de los investigadores fue formular una hipótesis que justificara el motivo por el cual alguien se había llevado el cuerpo de Sante Portalupi, sobre todo tomando en cuenta que tenía muy poco tiempo de haber sido sepultado.
Fernando Mora recordó que, tras la desaparición de los restos, descubrieron que el nuncio había sido enterrado con un anillo y un crucifijo de oro, ambos de gran valor. Debido a esto, empezaron a sospechar que las joyas estaban relacionadas con el hecho.
“El móvil inicial que manejábamos era el presunto robo de las joyas con las que el obispo fue enterrado; se trataba de un anillo muy grande y una cadena. Eran piezas muy valiosas”, relató el exagente.
Tanto Mora como Segura investigaron bajo la premisa de que se trataba de una profanación para sustraer los artículos; no obstante, pocas horas después el caso dio un giro inesperado.
Cuerpo podría estar con monjas
Al día siguiente, ambos investigadores continuaron con su trabajo y recibieron información particular que le dio un rumbo diferente a la investigación.
“Nos dimos a la tarea de indagar y recibimos reportes de que el cuerpo, supuestamente, había sido trasladado a un convento cercano, por lo que decidimos presentarnos al lugar para verificar si eso era cierto”, recordó Mora.
Una vez en el convento, que también se ubicaba en Alajuelita, los investigadores descubrieron que esa orden de religiosas había sido fundada por monseñor Portalupi; por ello, las piezas del rompecabezas empezaban a encajar.
“Fuimos al convento y hablamos con las hermanas. Ellas explicaron que ya habían realizado todos los trámites legales para que el cuerpo fuera sepultado allí y nos mostraron los documentos”, contó Mora.
Según trascendió en aquel entonces, cuando las monjas supieron de la muerte de monseñor Sante Portalupi, hicieron lo posible para que sus restos fueran traídos al país y así rendirle honor. Incluso, se supo que el convento ya tenía en trámite una solicitud ante la Municipalidad de Alajuelita para trasladar los restos del cementerio local a su capilla.
Sin darle mucha vuelta al asunto, el investigador relató que las religiosas confirmaron que el cuerpo del nuncio, en efecto, se encontraba en el lugar, justo debajo de la capilla.
Desenterrado por segunda vez
Ante semejante situación, Mora y Segura solicitaron el permiso para realizar la exhumación. Según recordó el exagente, a ambos les tocó usar un mazo para poder llegar hasta el ataúd del nuncio.
“Tuvimos que abrir la bóveda que ya habían construido para corroborar que ahí se encontrara el cuerpo del obispo y las joyas con las que había sido enterrado. En efecto, ahí estaba el féretro y todo estaba bien; revisamos si aún conservaba las joyas y resultó que todo estaba intacto”, destacó el exinvestigador judicial.
Toda esta situación se originó debido a que, cuando el cuerpo del nuncio llegó al país, la bóveda de la capilla aún no estaba lista. Por esta razón, tuvo que ser sepultado temporalmente en el cementerio de Alajuelita y, pese a que ya existía un trámite en proceso, al parecer, en el convento no quisieron esperar más tiempo.
Fernando Mora destacó que, hasta el día de hoy, nadie sabe con certeza quién fue la persona que trasladó el cuerpo del camposanto al convento; ese ha sido el secreto mejor guardado de todos.
Todo terminó bien
En ese momento, ambos agentes se encontraban ante una situación complicada: la profanación de la tumba del nuncio podía considerarse un delito, por lo que las religiosas se exponían a enfrentar un proceso legal.
Sin embargo, al final todo terminó de buena manera. Trascendió que, tras lo sucedido, el arzobispo Román Arrieta intervino y explicó a las autoridades que el incidente había sido un malentendido y que detrás de esa acción nunca hubo malicia.
“Tal vez, lo que hizo falta fue un poco de comunicación; ellas quizás no sabían que se estaba investigando el asunto, más que todo por el tema del supuesto robo de las joyas”, agregó Mora.
Pese a que ese caso tenía todos los elementos para convertirse en un escándalo, incluso a nivel internacional, el investigador recordó que en aquel entonces trabajaron con mucha calma, situación que habría sido muy diferente si el hecho hubiera ocurrido en la actualidad.
Aunque han pasado cuatro décadas desde ese suceso, Fernando Mora lo sigue recordando con cariño, pues fue una de las investigaciones más peculiares que tuvo entre manos y, lo mejor de todo, es que tuvo un desenlace positivo para todos los involucrados.





