A los 17 años, Angie Zamora Carballo ya sabe lo que significa pelear por la vida contra el cáncer.
Lo aprendió cuando apenas tenía 15 años y acababa de celebrar la fiesta que toda muchacha espera con ilusión. Había fotos, abrazos, música y sueños.
Un mes después, esos sueños quedaron en pausa cuando comenzó a sentirse mal y las visitas al hospital se hicieron cada vez más frecuentes.
Lo que parecía un pequeño problema de salud terminó convirtiéndose en una batalla enorme: cáncer de ovario con metástasis en hígado, pelvis y pulmones.
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Desde entonces, la adolescente herediana ha pasado por cirugías que pusieron en riesgo su vida, tratamientos agotadores y largas hospitalizaciones.
Sin embargo, hay algo que nunca abandonó ni por un solo día: sus ganas de estudiar.
“En noveno fue muy duro porque siempre pasaba aturdida por los medicamentos, pero seguía estudiando.
Cuando estaba internada aprovechaba para repasar materia. Nunca quise dejar el colegio porque siempre he tenido muchos sueños”, recordó.
Cambió su forma de ver la vida
La primera operación fue tan complicada que los médicos llegaron a temer por su vida.
Le retiraron los ovarios, el útero y las trompas de Falopio. Después llegaron nuevas intervenciones para combatir las metástasis en el hígado y la pelvis. También perdió la vesícula y parte del hígado durante el proceso.
Fueron meses de dolor, incertidumbre y quimioterapias. Pero en medio de toda esa tormenta, Angie descubrió algo que hoy la acompaña todos los días.
“Aprendí a disfrutar la vida. Antes no valoraba muchas cosas. Ahora disfruto cada momento, cada salida, cada conversación. Aprendí a vivir cada día como si fuera el último y a luchar por los sueños”, contó.
Sus palabras tienen un peso especial porque la enfermedad ya había golpeado a su familia años atrás.
Su mamá falleció hace cuatro años debido a un cáncer de colon. Aun así, Angie decidió no rendirse.
La hermana, su fuerza
Si hay alguien que conoce cada lágrima y cada victoria de Angie es su hermana Katherine Carballo.
Ella ha estado presente durante hospitalizaciones, tratamientos y noches difíciles. Incluso dejó de lado proyectos personales para acompañarla.
“Verla luchar me enseñó muchísimo. Ella nunca se dio por vencida. A veces era ella quien terminaba motivándome a mí. Gracias a Dios hoy está mucho mejor y sigue adelante con una actitud increíble”, contó Katherine.
La joven asegura que muchas veces los medicamentos la dejaban agotada y sin fuerzas, pero siempre aparecía su hermana para ayudarla a repasar apuntes o ponerse al día con las materias.
Vestido azul que representa una victoria
Hoy Angie cursa quinto año en el Colegio Diurno de Guararí. Recibe gran parte de las lecciones de forma virtual debido a los cuidados médicos que todavía debe mantener.
Va al colegio principalmente para exámenes y pruebas estandarizadas.
Las notas siguen siendo buenas. Rara vez bajan de 80. Sin embargo, hay algo que le genera más nervios que cualquier examen: la graduación. Ya comenzó a buscar el vestido para esa noche especial.
Lo quiere azul. Tal vez azul cielo. Tal vez azul oscuro. Todavía no lo tiene claro, pero sí sabe que debe ser azul.
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“Para mis 15 años también usé un vestido azul. Siempre he sentido que es el color que más me gusta y el que mejor me queda. Tengo muchas ganas de ir al baile de graduación”, confesó entre risas.
Sueña con volar
Graduarse es apenas el primer paso. Después quiere estudiar para convertirse en azafata. Aunque nunca ha viajado en avión, le fascina todo lo relacionado con la aviación.
“Siempre me han llamado la atención los aviones, cómo funcionan y todo lo que tiene que ver con volar. También quiero aprender mucho más inglés para poder cumplir ese sueño”, explicó.
Nadie debería enfrentar el cáncer solo
Historias como la de Angie son las que impulsan el trabajo de Proyecto Daniel, organización que acompaña a adolescentes y jóvenes con cáncer en Costa Rica.
Además del apoyo emocional, brindan becas de estudio, actividades recreativas, ayuda alimentaria, acompañamiento hospitalario y espacios para familiares y cuidadores.
Para Ligia Bobadilla, fundadora de Proyecto Daniel, uno de los mayores desafíos es recordar que el cáncer no afecta únicamente al paciente.
“Cuando un joven recibe un diagnóstico de cáncer, toda la familia atraviesa el proceso. Los padres, hermanos y cuidadores también enfrentan miedo, desgaste emocional e incertidumbre.
Por eso el acompañamiento integral es tan importante”, explicó. Angie es prueba de ello.
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Porque detrás de cada cirugía hubo una familia sosteniéndola. Detrás de cada examen hubo profesores ayudándola.
Y detrás de cada tratamiento hubo una muchacha que decidió que el cáncer podía cambiar muchas cosas en su vida, pero jamás sus ganas de seguir soñando.
Por eso, cuando llegue el día de la graduación y aparezca con su vestido azul, no será únicamente una estudiante recibiendo un título.
Será una guerrera sobreviviente celebrando una victoria que empezó mucho antes de entrar al salón de actos del cole y que ganó con el apoyo familiar.






