En los barrios del sur, entre mudanzas constantes buscando el alquiler más barato y una infancia golpeada por la adversidad, creció Daniel Gutiérrez Solano, conocido como Guti, un joven de 25 años que hoy demuestra en un libro que sí se puede salir adelante, incluso cuando la vida parece decir que no todos los días.
Nacido en Desamparados y con pasos por San Francisco de Dos Ríos, Tibás, La Uruca y Santo Domingo de Heredia, su historia no arranca fácil. Durante sus primeros años, mientras su mamá, Ana Solano, trabajaba, él quedaba al cuidado de una mujer en Calle Fallas que lo agredía constantemente.
“Los primeros cinco años de mi vida estuvieron llenos de agresión. Me pegaban con cucharas de metal, de madera, con lo que tuvieran a mano. Fueron años muy duros”, recuerda.
Fue su propia familia la que logró sacarlo de esa agresión. “Un hermano me recogió y notó que estaba triste. Al día siguiente, cuando mi mamá me estaba bañando, vio los moretes y me preguntó. Ahí le conté todo”, dice.
Después llegó otra cuidadora, cerca del parque de La Paz, que le dio algo que no había tenido: cariño.
“Esa señora sí me acogió como un hijo, fue una familia muy especial”.
Golpes que marcaron su vida
En 2017, la tragedia tocó la puerta de su casa. Su mamá, Ana Solano, fue diagnosticada con cáncer de mama en etapa 3.
“Muy fuerte, tenía metástasis iniciada. Pasó por operación, quimioterapia y radioterapia hasta mediados del 2018. Gracias a Dios, sigue con nosotros”, dice, sin olvidar que el golpe más inesperado estaba por venir.
El día que todo cambió
En 2019, apenas saliendo del colegio Santa María Guadalupe (al que asistía becado viajando desde Desamparados hasta Heredia), Guti notó algo extraño en uno de sus testículos.
“Me lo detecté bañándome. En mes y medio, uno me creció muchísimo más que el otro; era como una bola de béisbol. Me operaron de emergencia en el hospital San Juan de Dios”, recuerda.
El diagnóstico fue cáncer testicular. Y no hubo tiempo para procesarlo. “Cuando me dieron el resultado era viernes y el lunes ya estaba en quimioterapia. No tuve tiempo para las emociones. Ese fin de semana medio asimilé la situación.
“A mí no me dio miedo morirme, me dio miedo que mi mamá falleciera cuando se enfermó de cáncer ella. Siempre me ha dado más miedo perder a mis seres queridos que mi propia muerte”, asegura.
Durante meses, vivió de cerca la crudeza de la enfermedad. “En el hospital vi morir mucha gente: asaltantes, privados de libertad, empresarios… Ahí entendí que todos somos iguales”. Después le tocó a un hermano suyo superar, gracias a Dios, también un cáncer de testículo.
Ese proceso lo marcó para siempre. Tras más de cinco años en control oncológico, en el 2024 recibió el alta médica. “Lloré desde el hospital hasta mi casa. Fue un momento demasiado emotivo”.
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La ciencia como propósito
Desde pequeño le apasionaba la biología, pero su experiencia con el cáncer le dio un propósito claro. Hoy estudia Biología con énfasis en Biotecnología y también Ingeniería en Bioprocesos en la Universidad Nacional (UNA).
“No entré la primera vez a la U, pero en el segundo intento, aun con quimio, hice el examen y subí más de 100 puntos. Saqué como 730. Me prometí salir adelante”, cuenta.
Trabajó desde los 16 años para ayudar en su casa y sostener sus estudios. “Hubo momentos en que no había ni para la leche y mi mamá me daba agua con azúcar. A veces, nos cortaban la luz y comíamos la comida fría”, recuerda.
Hoy, gracias a su esfuerzo, es asistente de investigación de laboratorio en la Universidad Nacional (UNA), por lo cual no paga un cinco de sus dos carreras, lo que le permite enfocarse de lleno en su formación académica.
“Cuando me puse una bata blanca por primera vez, sentí que estaba viviendo un sueño. Ni siquiera tenía para comprarla; me la regaló la mamá de una compañera. Ahí dije: ‘Sí puedo’”.
Mensaje para su niño interior
Con el paso del tiempo, Guti ha aprendido a abrazar su historia, incluso la más dolorosa.
“El Guti de hoy le dice al de 5, al de 10 y al de 15 años de edad que siga así, que no deje de sonreír, que aunque parece que el infierno es eterno, no lo es. El camino al paraíso comienza en el infierno. Que todo va a estar mejor”, afirma.
Su mamá, Ana Solano, ha sido su pilar y su ejemplo. “Está muy orgullosa. Siempre me dice que si necesito volar, que vuele, que no me detenga”.
Libro que nace del dolor y la esperanza
Ahora, toda esa historia toma forma en su primer libro: “La determinación detrás de la sonrisa”, una obra escrita en primera persona en la que Guti transforma cada caída en aprendizaje.
Con 206 páginas, el libro busca dejar un mensaje claro: los problemas no son más grandes que la felicidad.
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La obra cuenta con el respaldo de la Cámara Costarricense de la Salud y se presentó oficialmente con una primera edición de mil ejemplares a 1.500 colones cada uno. ¡No se lo pierda!






