Para Adriana Barrantes, una vecina de Grecia, un dolor de estómago persistente se transformó en la prueba más grande de su vida.
Luego de acudir al médico para una revisión de rutina, en noviembre del 2025, cuando tenía solo 27 años, le diagnosticaron un agresivo cáncer llamado linfoma difuso de células B.
Esta madre y esposa enfrentó un duro proceso médico del que acaba de salir victoriosa, aferrada a su fe y al amor de su familia.
Tras seis meses de intensas quimioterapias en el Hospital México, su cuerpo ha dado la mejor noticia posible: una respuesta completa al tratamiento. Hoy, Adriana comparte su testimonio con un único objetivo: ser un instrumento de esperanza para quienes atraviesan la oscuridad de esta enfermedad.
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Un hallazgo incidental que lo cambió todo
El diagnóstico de Adriana no llegó de la forma habitual. Durante meses lidió con inflamación y fuertes dolores estomacales. Sin embargo, fue durante una consulta ginecológica de rutina donde, a través de un ultrasonido, le detectaron una masa. Tras ser referida para un examen TAC, el resultado confirmó sus mayores temores: cáncer.
“Yo creo que es una noticia que nadie se espera recibir, menos a mi edad. Sentí mucha incertidumbre de no saber si iba a lograr superarlo o si me iba a quedar en el proceso. Yo tengo dos hijos (Thiago de 11 años y Emanuel de 4), entonces ese era mi mayor miedo”, relata la joven.
A pesar de lo devastador del diagnóstico, Adriana se negó a verlo como una sentencia de muerte. Su fe en Dios y las ganas de ver crecer a sus hijos se convirtieron en su principal motor.
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La batalla: Cirugía y quimioterapia
El tratamiento comenzó con una compleja cirugía de resección de intestino delgado, con la que le quitaron la parte afectada por el cáncer.
Apenas 15 días después de pasar por el quirófano, inició un agresivo esquema de quimioterapia de seis meses que, por su intensidad, requería que Adriana fuera internada en el Hospital México durante una semana cada quince días.
Los efectos secundarios no le dieron tregua. Experimentó desde llagas tipo quemaduras en la piel y diarreas severas, hasta una fatiga profunda e incapacitante que la alejó temporalmente de su trabajo como quiropodista y manicurista.
“Hay días en los que, no le voy a mentir, el cuerpo, el cansancio y los efectos secundarios afectan mucho, desde la parte física hasta la emocional. Hubo muchas veces que los efectos me daban llagas en la boca y no podía comer absolutamente nada”, recuerda.
Durante esos duros internamientos, su red de apoyo fue fundamental. Su esposo, Víctor Durán, y su madre, Dirian Madrigal, se turnaban incondicionalmente para cuidarla a ella en el hospital y a sus dos hijos pequeños en casa.
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La pérdida del cabello: “No me reconocía al espejo”
Como en muchos pacientes oncológicos, la caída del cabello fue una de las etapas más simbólicas y difíciles a nivel emocional. Al notar los primeros mechones sueltos, Adriana tomó la decisión de raparse como un acto de entrega.
“Yo preferí cortármelo antes de que se cayera en abundancia y se empezaran a ver huecos. Cortarme el cabello lo hice como una ofrenda a Dios; Él sabía que era algo que me dolía mucho, pero que yo lo dejaba en sus manos, sabiendo que era algo momentáneo y superficial.
“Sin embargo, cuando se me cayeron las cejas y las pestañas, ahí sí fue otro problema. Ahí sí fue más duro porque era no reconocerme al espejo por completo, no me identificaba y me golpeó más emocionalmente”.
El milagro tan esperado
El lunes 16 de abril del 2026, tras un mes de angustiosa espera por los resultados de un nuevo TAC, una doctora le dio a la joven mamá una noticia contundente: “Ari, felicidades, hiciste respuesta completa al tratamiento”. Los ganglios aumentados habían desaparecido y no sería necesaria la radioterapia.
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“No le puedo explicar la gratitud con Dios que sentí. Fueron demasiadas las noches de pedirle a Dios ese milagro, que me sanara para poder seguir con mi familia. Yo veía a mis hijos a los ojos y le suplicaba a Dios poder estar más con ellos; esa era la parte que más me quebraba. En el momento de la noticia, solo podía llorar y darle gracias a Dios”.
Un mensaje de esperanza y un día a la vez
Hoy, Adriana mira la vida a través del lente de la gratitud absoluta. Ha aprendido a valorar poder levantarse sin dolor, desayunar, sentir el sol en la piel (algo prohibido durante la quimioterapia) y no guardarse ningún “te amo”.
Para aquellos que hoy reciben un diagnóstico similar y se encuentran atrapados en el miedo y la incertidumbre, la sobreviviente les envía un mensaje directo al corazón:
“Si pudiera darle un consejo a alguien que va a empezar este proceso, sería que trate de mantener una actitud positiva. Sé que hay días muy difíciles, pero la forma en que uno enfrenta el proceso también ayuda muchísimo. Tener fe, esperanza y apoyarse en las personas que uno ama puede hacer una gran diferencia.
“No pierdan la esperanza, vayan un día a la vez. Refúgiense en las personas que los aman, permitan la ayuda, porque de verdad es un proceso que no se puede llevar solo”, manifestó la sobreviviente.
Adriana concluye su testimonio con una reflexión que le da sentido a todo el sufrimiento vivido durante el último medio año:
“Si este proceso puede motivar a alguien, darle esperanza o acercarlo más a Dios, para mí ya valió la pena”.





