María José Esteban Martínez tiene una historia de vida que duele en el alma, pero a la vez causa admiración.
Luego de terminar la escuela, cambió sus ilusiones por las malas amistades y estas la llevaron a tomar decisiones que la acercaron a las drogas, las cuales le abrieron la puerta al infierno.
Durante años logró mantener una vida relativamente normal. Vivía en su casa en Alajuela, tenía una familia y trabajaba, pero también consumía drogas. Esa sombra siempre la persiguió y le robó la paz y la felicidad.
A los 35 años cayó en las calles y se acostumbró a ellas porque ahí podía consumir drogas y alcohol de forma más libre.
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Pero la indigencia es muy dura y varias veces su vida estuvo en peligro.
“Me entró un cuadro de depresión y me adapté a la calle, pero fueron años muy duros porque sufrí ataques: abusos sexuales, violaciones, me pegaron dos balazos, fui una víctima colateral, me golpearon varias veces.
“Además, en ocasiones duraba días sin bañarme. Me tocaba buscar comida entre la basura; a veces esperaba que alguien me llevara un poquito de comida”, recordó con dolor.
El alcohol fue su perdición
María José cuenta que por muchos años consumió todo tipo de drogas, pero su perdición fue el alcohol; eso fue lo que más le costó dejar.
“Tomaba alcohol de 90; llegó el momento en el que consumía hasta 15 botellitas diarias. Me autolesionaba, tengo un montón de cortadas porque intentaba quitarme la vida a cada rato, tengo más de 30 intentos de suicidio”, relató.
De todas las pesadillas que vivió en la calle, hubo una que la hizo tocar fondo. Un día llegaron unos hombres en un carro y la confundieron con otra mujer; la agarraron, la golpearon e intentaron meterla en la cajuela de un carro para llevársela, pero logró salvarse. Esa vez la llevaron grave al hospital.
“Me cansé, ya no quería esa vida, estaba harta de que me agredieran, de vivir así, de no tener un plato digno de comida, de dormir entre cartones; me di cuenta de que yo merecía algo mucho mejor.
“Llegué a preguntarme qué se sentiría vivir sin estar bajo los efectos de las drogas; me dieron ganas de conocer a una María José limpia, sana y en paz”, recordó.
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Dobló rodillas y pidió a Dios misericordia
Mientras vivía en las calles, María José conoció a un hombre del que se enamoró; se llama Jorge Arturo López, a quien de cariño le dicen Manguito. Él también era adicto, pero al igual que ella, anhelaba salir de las calles.
“Un día, mientras todos consumían a la par mía, me arrodillé y le dije a Dios: ‘Yo sé que me muero de la goma porque tengo muchos días de estar consumiendo, pero en este momento te entrego mi vida y te pido de corazón que me saques de este cartón y me des una cama digna donde dormir, un techo digno donde me pueda bañar, donde lleve una vida bonita’.
“Le prometí que iba a salir de las calles a dar mi testimonio, a entregar comida, a devolver un poquito de lo que Él hizo por mí en mi momento y eso es lo que he hecho hasta el momento”, narró la valiente.
Pero el proceso no fue fácil; el desintoxicarse requirió de una fuerza de voluntad enorme porque su cuerpo le pedía alcohol.
“Duré un mes exacto. Yo vomitaba, temblaba de calentura, tenía diarreas, estaba brotada, golpeada, tirada en un cartón, pidiéndole a Dios todos los días que me sacara de ahí hasta que se dieron las cosas.
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La primera noche fuera de las calles
Hace tres años, un día por fin se armó de valor y le dijo a Manguito que ya no quería pasar un día más en las calles, que si él quería irse con ella, era bienvenido; si no, seguirían caminos diferentes.
“Ese día pasó un carro diciendo que necesitaba peones para ir a recoger unos escombros y él se fue. Cuando regresó, tenía en la bolsa 20 mil colones y me dijo: “¿Qué hago?”. Y le dije: ‘Levánteme de aquí y me lleva a otro lugar, yo ya no duermo más aquí’. Entonces nos fuimos para un albergue donde pagábamos por dormir.
“En el albergue yo salía todos los días a vender lapiceros a la calle para ahorrar 5 mil colones diarios. En el mismo albergue llegaron a buscar 10 peones para una construcción y Manguito se fue a trabajar. Con el segundo sueldo alquiló un cuarto; después ya pudo alquilar una casa”, recordó la mujer.
Poco a poco fueron amueblando la casita, compraron una olla arrocera, la cama matrimonial, una cocina de gas y ahí fue cuando María José empezó a hacer arroz con leche y empanadas para vender.
La colmena le ha hecho mucho bien
La valiente tiene muchos sueños; uno de ellos es graduarse como manicurista; está estudiando eso y le encanta. Además, le encantaría colaborar asistiendo a personas adictas, porque ella sabe bien todo lo que se sufre en la calle cuando se tiene un vicio.
María José, también creadora de contenido para TikTok, y tiene una comunidad o “colmena”, como le llama ella, de abejitas (seguidoras) que la acompañan y la apoyan en todo.
“Las abejitas son muy importantes en mi vida; yo hago lives y se conectan unas 300 personas que me acompañan en todo lo que yo hago; incluso de algunos lugares me buscan para hacer algunas colaboraciones en TikTok y eso me llena mucho de alegría.
Si usted quiere contactar a María José para encargarle arroz con leche o para alguna colaboración, puede hacerlo al celular 7160-8289. También la puede seguir por TikTok con el usuario @majoche.esteban






