Lo que debía ser una despedida de año inolvidable en las playas de Cancún, México, se transformó en una pesadilla para el productor audiovisual Cristian Castro Araya, quien recibió el 2026 internado y lleno de máquinas en un país ajeno.
A sus 54 años, el acelerado ritmo de trabajo, una dieta cargada de azúcar y la “falta de tiempo” para ir al médico a revisar su salud, le pasaron una factura que casi le cuesta la vida.
Él contó a La Teja la experiencia que vivió con el fin de que sirva de reflexión a quienes, igual que él, han descuidado su salud.
Cristian viajó a Cancún el 29 de diciembre junto a su novia, Elena Molina, con la ilusión de recibir el 2026 en la famosa discoteca Coco Bongo. Sin embargo, no pudo disfrutar ni unas horas del paseo, ya que, apenas llegó al hotel, empezó la emergencia.
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“Ya en el avión me sentía mareado, raro. Al llegar al hotel empecé a vomitar mucho, no paraba. En un momento que me sentí un poco mejor, fui con mi novia a una farmacia y me inyectaron, pero apenas regresé al hotel empecé a vomitar otra vez, hasta que me descompuse”, recuerda Cristian.
Elena llegó al baño a ver cómo seguía Cristian y lo encontró en el suelo; de inmediato pidió ayuda en el hotel.
Niveles de azúcar “imposibles” para la vida
Lo llevaron de emergencia a un centro médico, los doctores mexicanos le hicieron varios exámenes y quedaron impresionados: mientras el nivel normal de glucosa debe oscilar entre 100 y 120, Cristian presentaba un nivel de 1.300; su vida corría peligro.
“Me preguntaban el nombre y yo solo decía ‘Coco Bongo’. Estaba delirando. Los médicos decían que esos niveles de azúcar eran para un derrame o algo peor. De un momento a otro mi imagen se fue a negro. Desperté cinco horas después en cuidados intensivos, todo lleno de mangueras y máquinas”, relata.
Cuando despertó, un enfermero le preguntó el nombre y lo dijo bien; parecía que ya había pasado lo peor.
“Dejaron pasar a Elena, ella había estado en una sala de espera, le pregunté qué era lo que me había pasado y me contó todo. Me estaban poniendo suero y a cada rato me medían el azúcar.
“Mi novia tuvo que comunicarse con mi familia aquí en Costa Rica para contar lo que estaba pasando; fueron momentos de mucha angustia para todos.
Un doloroso Año Nuevo
El costarricense estuvo internado varios días a la espera de que su organismo se estabilizara y saliera de peligro. Cuando llegó la noche del 31 de diciembre estaba lleno de emociones encontradas.
“No tenía a mano ni el celular, no sabía qué hora era, solo sabía que era 31 de diciembre y que, aunque mis planes eran recibir el nuevo año de fiesta estaba internado en un hospital de un país ajeno, solo y lleno de máquinas.
“A la medianoche dejaron entrar a mi novia para que me diera el Año Nuevo, fue algo muy duro”, relató entre lágrimas.
Los planes de la pareja eran regresar a Costa Rica el 2 de enero; sin embargo, el médico que estaba a cargo de su caso le decía que debía quedarse internado, al menos, dos días más.
Él conversó con un médico de confianza que tenía en Costa Rica y le dijo que, como ya el azúcar había bajado bastante, sí podía viajar, pero que apenas llegaba al país debía ir a verlo para ponerse en control. Así lo hizo y, por dicha, todo salió bien.
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Las señales que ignoró: La diabetes silenciosa
Luego de la tremenda crisis de salud, la vida de Cristian cambió un montón. Bajó las revoluciones en su trabajo, cuida lo que come y hasta ve la vida diferente.
“Cuando estuve internado me di cuenta de que uno todos los días hace cosas solo porque sí: agarrar el carro, mete el equipo de trabajo, llega al lugar, lo saca y se pone a trabajar, pero la realidad es que la vida puede cambiar en cualquier momento. Ahora para mí el solo hecho de despertarme en la mañana ya es una bendición.
“Cuando a mi me decían: ‘Cristian debería hacerse exámenes para ver cómo está de salud’, yo contestaba: ‘ay yo estoy bien, de por sí de algo se tiene que morir uno’, pero ahora que pasé por esto, me di cuenta de que no me quiero morir todavía, me quiero cuidar, quiero cambiar mi vida”, dijo con voz cortada.
Antes del colapso, Cristian confiesa que su cuerpo le enviaba señales que él decidió ignorar bajo la excusa del trabajo. Tenía mucha sed, orinaba constantemente y vivía cansado. Su alimentación, admite, era “horrible”:
“Yo era como una hormiga. Me gastaba un galón de sirope por semana. Desayunaba un fresco de frutas cargado de azúcar y durante el día pasaba chupando ‘apretados’. Por el trabajo, comíamos lo que hubiera: pollo frito, comida china o hamburguesas, sin ningún cuidado".
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Cristian, quien trabaja en eventos de gran escala como Picnic y partidos de fútbol, envía un mensaje directo a sus colegas y amigos que “no paran”.
“Aprende uno a huevo que hay que sacar el ratito para hacerse un examen. Estoy agradecido con Dios, porque de verdad no me fui, y por algo será”.
Un subonazo de azúcar de esa magnitud podría ser mortal
Marco Vinicio Boza, médico especialista en Medicina Interna, Medicina Crítica y Terapia Intensiva, Bioética y Salud Pública, dice que un subonazo de azúcar como el que experimentó el productor, podría ser mortal.
“Básicamente, todo empieza con orinadera, con mucha sed, con mucha hambre y con pérdida de peso. Todo empieza con esos síntomas... Los problemas van incrementando; empiezan a sentir la boca seca, trastornos estomacales como náuseas o vómitos, incluso problemas respiratorios”, explicó.
El médico dice que, si el problema no se trata, las personas empiezan a sufrir compensaciones, pierden el conocimiento y se ven como “borrachos” debido a que el cerebro se empieza a ver afectado.
“Imaginemos una taza de café; usted le echa una cucharada de azúcar, le da vuelta y se deshace. Pero usted le echa tres cucharadas grandes soperas de azúcar; parte se disuelve y parte se empieza a quedar en el fondo. Si usted le echa todavía más azúcar, aquello se convierte en un almíbar; bueno, pues lo mismo le pasa a la sangre: si el azúcar sube demasiado, la sangre se espesa y disminuye la circulación en los territorios en donde haya problemas de circulación.
“Una persona que tiene problemas de colesterol y triglicéridos y que ha ido obstruyendo sus arterias con el paso del tiempo, tiene una crisis de estas, la sangre se le pone espesa y puede tener infartos en el cerebro, en el corazón, en el hígado, en los riñones, en un montón de lugares”, explicó.
El doctor Boza dice que la historia de Cristian es un jalón de orejas para todas las personas que no se van a revisar periódicamente por falta de tiempo, pereza o temor.
“El ir al médico y hacerse exámenes cada año ayuda a detectar este tipo de enfermedades a tiempo, eso hace que se puedan controlar y se evitan crisis tan peligrosas”, manifestó.







