Existen asesinos que morirán sin decir ni una sola palabra sobre los despiadados crímenes que cometieron, pero hay casos muy particulares en los que deciden revelar sus atrocidades.
Uno de esos casos ocurrió en nuestro país hace varios años, cuando un sujeto conocido policialmente como el “Monstruo de La Platina” confesó cómo había asesinado a dos jovencitas en Limón, e incluso condujo al Organismo de Investigación Judicial (OIJ) hasta el lugar donde había enterrado uno de los cuerpos.
Sin embargo, en este caso, ese llamado monstruo no habló de buenas a primeras; fue gracias a la astucia de un experimentado jefe del OIJ que el sujeto decidió contarlo todo, como si se tratara de un amigo de confianza.
Así lo narró a La Teja Gerardo Castaing, criminólogo y exjefe del OIJ, quien dijo que este caso fue uno de los que más lo marcó por como se dieron las cosas, pues incluso en varios momentos de esa conversación con el monstruo llegó a temer por su vida.
Aunque no recuerda con exactitud la fecha en la que ocurrieron los hechos, Castaing indicó que esos crímenes fueron a finales de los años 80 e inicios de los 90, cuando él trabajaba como jefe del OIJ de Limón.
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Desaparición de una jovencita
Castaing recuerda el inicio de ese caso como si hubiera sido ayer, pues todo se inició cuando él se encontraba en Limón leyendo el periódico, a mediados de noviembre, cuando recibió una llamada acerca de la desaparición de una jovencita vecina de calle La Platina en Guápiles.
“De inmediato, llamé al subjefe y le pregunté cómo estaba la situación; me dijo que ahí no habían avisado nada, entonces le pedí que enviara investigadores a la mañana del día siguiente para ver qué había pasado.
“Los investigadores fueron y hablaron con los vecinos y me informaron que la chiquita nada que aparecía, que lo único que vieron en la zona fue una busetilla, de esas que les dicen raspa hielos, que andaba vendiendo ropa y a la chiquita la vieron cerca de ese vehículo”.
Ante la preocupante situación, el OIJ realizó cuadrillas de búsqueda; también se reunieron con los líderes comunales en busca de ayuda, pero, pese a los esfuerzos, no lograron encontrar a la niña.
Otro caso encendió las alarmas
El exjefe judicial recordó que pasaron los meses de noviembre y diciembre sin ninguna novedad del caso, pero en los primeros días de enero recibieron otra llamada que encendió por completo las alertas.
“Resulta que ya había pasado diciembre y por ahí del 6 de enero me llaman y me dicen: ‘Jefe, dicen que desapareció otra chiquita en ese mismo lugar’. Yo pregunté que cómo era y me respondieron que rubia, de pelo lacio por los hombros y de, aproximadamente, 10 años, características muy similares a las de la primera niña. Entonces me di cuenta de que se podría tratar de un asesino en serie”.
En esta ocasión sí lograron encontrar a la niña pocas horas después, pero no de la forma que hubiesen deseado, pues su cuerpo fue hallado a la orilla de un río en esa misma zona.
La jovencita murió producto de una asfixia, recordó. Tras el terrible hallazgo, una vez más Castaing contactó a uno de los líderes comunales, a quien le pidió convocar una reunión con todos los vecinos de calle La Platina, pues ya existía la sospecha de que el asesino podría estar dentro de esa misma comunidad.
Una vez reunidos, el exagente le preguntó al líder comunal si ya estaban todos; este respondió que sí, pero luego recordó que el único que hacía falta era un sujeto, quien tenía como año y medio de vivir ahí y ese día andaba en una tienda en el centro de Guápiles.
“Me dijo que él se había ido a vivir ahí junto con la esposa y la chiquita. Entonces le pregunté como era la niña y me dijo que era de pelito rubio y lacio por los hombros y de unos diez años”, recordó.
Otro detalle que captó la atención de Castaing es que ese hombre andaba en una buseta “raspa hielo”.
“De inmediato llamé a la Policía de Guápiles para que me lo detuvieran ahí en la tienda mientras yo llegaba”.
Iban a lincharlo
En cuestión de pocos minutos, Castaing llegó hasta donde tenían al hombre aprehendido; es más, recordó que de alguna manera las personas se dieron cuenta de que estaba vinculado con el caso de la jovencita asesinada, por lo que varios querían lincharlo, incluso los mismos policías.
El exjefe judicial intervino rápidamente y dijo que él se iba a llevar al sujeto al OIJ de Limón para verificar si en efecto era sospechoso del caso.
“En eso se bajó (de la buseta) y más bien parecía un agente del FBI, con un bigote bien recortado y grueso, peinado con carrera de medio lado, alto y esbelto. Me preguntó que quién era yo y le respondí que era el jefe del OIJ y me dijo: ‘¡Qué salvada!, porque estos tipos me querían pegar y no sé por qué’“.
Pese a su apariencia tan pulcra, Castaing recordó que ese sujeto tenía algo muy raro, que de inmediato levantó sus sospechas. Según el exinvestigador, se trataba de un hombre apellidado Campos.
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Entrevista muy particular
Castaing recordó que él y Campos se sentaron dentro de una oficina para conversar y ahí fue cuando el sujeto le contó que había nacido en Desamparados de Alajuela y que por varios años había vivido en Estados Unidos.
Ante las sospechas que tenía, el exagente condujo la conversación para tenderle una trampa al hombre y ver si este se terminaba delatando.
Bajo consigna le preguntó si alguna vez se había golpeado fuertemente la cabeza, a lo que este dijo que sí, recordando que una vez se golpeó al tirarse en una poza y en otra ocasión en un accidente de tránsito que tuvo en Estados Unidos.
“Le dije que el asunto aquí era que, como él se había llevado dos golpes muy fuertes en la cabeza, eso podría haberle causado un daño cerebral sectorizado. Entonces, había cosas que él tal vez hacía y que no podía evitar hacerlas, y que en casos como ese una persona es inimputable”.
El exagente sabía que Campos se encontraba bien de la cabeza, pero esperaba que con esa explicación el hombre se viera tentado a contar lo que había hecho sin temor a ser castigado por las autoridades.
“Le dije: ‘Vea, yo le quiero hablar de una cosa, ahí en La Platina se desapareció una chiquita y otra muy parecida apareció muerta’. Él, de inmediato, le contestó que conocía a esta última, que ella atendía en una pulpería".
Lo que vino después aún causa gran sorpresa en Castaing.
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Confesó el crimen
Sin pensarlo dos veces, Campos le confesó al exjefe judicial que fue él quien había acabado con la vida de esa jovencita, aunque le aseguró que esa nunca fue su intención.
Según el sujeto, fue a la pulpería a comprar unos cigarros y, al ver a la niña, la invitó a pescar ese mismo día que desapareció. Inocentemente, la criatura cayó en su trampa, por lo que ambos fueron a la orilla del río donde horas después fue encontrada sin vida.
El hombre le dijo a Castaing que él aprovechó su superioridad física para abusar de la jovencita y, como sabía que ella contaría lo sucedido, decidió estrangularla con una cuerda que tenía.
“Pero vea la bronca, me dice ese sujeto: ‘¿Qué? ¿Tiene ganas de matarme?’. Le respondí: “Nombres, esto lo vemos a cada rato nosotros”, pero yo tenía unas ganas de agarrarlo del pescuezo", admitió el exinvestigador.
Ante semejante confesión, Castaing le comentó al sujeto que al día siguiente irían a los tribunales para declarar lo mismo ahí y el hombre le contestó que no tenía ningún problema en hacerlo.
Sin embargo, el exjefe judicial estaba casi seguro de que Campos también estaba vinculado con la jovencita desaparecida, pero temía que si le preguntaba por ese caso, podría echarse para atrás del todo.
“Le dije que en diciembre se había desaparecido otra chiquita ahí también, pero me responde: ‘Gerardo, disculpe, yo le estoy confesando un crimen y usted quiere responsabilizarme de otro crimen’. No, no, le digo, es que hay patrones parecidos y es cuestión de que conversemos.
“Le dije que yo lo había tratado bien, que ahí nadie lo había torturado, nadie le había hecho nada y que en realidad él se veía como un hombre valiente. Eso se lo dije porque los psicópatas son muy narcisistas. Entonces, él me dice: ‘Bueno, tráiganme una hoja y un lápiz’”.
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Lo guío a la tumba
Una vez que le dieron el lápiz y el papel, Campos empezó a dibujar una especie de croquis o mapa de calle La Platina y le indicó a Castaing que le mostraría dónde estaba el cuerpo de la jovencita que aún estaba desaparecida.
“Me dice: ”Okey, vea, esa es la calle, Gerardo, la calle Platina; ahí a la par hay un zacatal y más para allá está mi casa, que está sobre pilotes.
‘Es más, usted mandó a unos oficiales a que hicieran una encuesta ahí, en esa calle. Ellos fueron a la casa, pero no había nadie, porque mi esposa había salido ese día y yo estaba en la ribera del río. Si ellos hubieran llegado ahí y me hubieran entrevistado, yo les hubiera dicho que yo había matado a la primera chiquita, pero no a la segunda’.
“O sea, estaba responsabilizando a la Policía, porque así son los psicópatas, le atribuyen la culpa a los demás", afirmó Castaing.
En ese momento, el asesino hizo una pausa y decidió contar cómo le había quitado la vida a la niña. El sujeto explicó que la primera vez que la vio fue cuando ella se le acercó para decirle que el papá la había mandado a pedir ¢40.
Cuando la jovencita pasó de nuevo por ese lugar, Campos la atacó y a la fuerza la pasó entre un alambre de púas hasta un zacatal y, según dijo, cuando pretendía abusar de ella, escuchó una motocicleta que se acercaba, por lo que le tapó la boca y la nariz, por lo que la niña murió asfixiada.
“Me dijo que lo que hizo fue agarrar un saco para meterla y que la dejó debajo de la casa, porque ese día la esposa cumplía años y tenían una fiesta. A la medianoche se levantó y la fue a enterrar como a 50 metros de la casa, en el punto que marcó en el papel”, explicó Castaing.
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Juez no le creía
Tras obtener la segunda confesión del asesino, Castaing llamó a un juez de Guápiles para decirle que necesitaba verlo en el lugar donde estaba enterrado el cadáver para realizar la respectiva acta, pero ese juez pensó que se trataba de una broma de mal gusto.
“Me preguntó que cómo sabía yo dónde estaba el cadáver y le respondí que iba a llevar al asesino. Me dijo que si yo era tan iluso como para creer que un asesino me iba a llevar donde había enterrado un cadáver, que solo lo iba a hacer perder el tiempo”.
El exjefe judicial prácticamente le tuvo que rogar al juez, quien al final terminó aceptando.
“A la mañana siguiente me fui con el asesino y unos compañeros; cuando llegamos, ya estaba el juez. Campos me dijo dónde estaba el cuerpo y los compañeros empezaron a excavar. Yo solo veía al juez hablando con una gente y moviendo la cabeza, y solo pensaba que si el cuerpo no aparecía, iba a ser una pelada”.
En medio de esa preocupación, uno de los oficiales llamó a Castaing para decirle que había encontrado un polvillo blanco.
“Cuando una persona muere, expulsa gas y estos a veces se solidifican y se vuelven polvo. Otro (agente) me dice: ‘Aquí hay pelos’, entonces siguieron escarbando y apareció la cabecita de la chiquita y una parte del saco; ella estaba en posición fetal.
“Llamé al juez y me dijo: “¿Ya nos podemos ir, ya terminó con su historia?”, y le respondo: ‘Es que ahí está el cadáver’, para que hiciera las actas y toda la cuestión. El hombre se quedó sin habla", señaló.
Castaing recordó que, tras esa serie de hechos, Campos fue llevado a juicio, donde él mismo aceptó los crímenes que había cometido y recibió una fuerte condena.
Para Gerardo Castaing este es uno de los casos que más recuerda, pues esa forma en la que se dieron las cosas lo marcó para siempre.



